martes, 14 de junio de 2011

LOS HIJOS BASTARDOS DEL CAOS



COMENTARIO:

         El presente texto fue producto de reflexiones durante los años 2002 y 2003, en relación al proceso socio político que se está viviendo en Venezuela desde el año 1999.  Fue presentado en el año 2004 en el Congreso internacional de Psicología analítica celebrado en la ciudad de Barcelona. 
              Sigue siendo una invitación a la reflexión...

 
A Tere


Quisiera agradecer a mis amigos y colegas: Dra. Vesna Luger, Dr. Luis Galdona y Dra. Diana Rísquez por sus invaluables aportes, paciencia y generosidad durante la revisión y proceso de edición del texto. Así mismo, quisiera agradecer a Tere, mi esposa, por su paciencia, amor y acertados comentarios durante el trabajo de investigación y escritura del mismo.


INTRODUCCIÓN

En el terreno de la psique sabemos que, por lo general, lo que está más cerca de nosotros es lo más difícil de concientizar y de reflexionar.
De las observaciones acerca de las manifestaciones de la psique y de su dinámica en nuestros pacientes y en nosotros mismos, surgen elementos que nos asombran y nos hacen cuestionar nuestras referencias acerca de la realidad tangible e intangible. En mi caso, mi interés en los últimos años se ha centrado en cómo los aportes de diferentes terrenos: la antropología, las religiones, la mitología, fácilmente se transforman en metáforas que nos permiten darle una cierta forma a los movimientos de la psique en la cotidianidad. La psicología contemporánea se ha desarrollado a partir de las observaciones de psiques profundamente perturbadas, de «pacientes enfermos». Sin embargo, sigue siendo un reto enorme el descubrir la dinámica de la psique en su cotidianidad. No creo exagerar si digo que aun hoy en día, a pesar de creer que se han hecho enormes avances en el estudio de la psicología, el conocimiento acerca de la misma se encuentra en pañales. Son estas vivencias cotidianas las que me llaman la atención, las que me obligan a hacer un esfuerzo de enfocar mi capacidad de observación en aspectos presentes en el día a día, pero que pasan sutilmente desapercibidos.

Mi interés el día de hoy es tratar de aportar algunos elementos que promuevan la discusión acerca de uno de los aspectos, que estando permanentemente presente en mayor o menor grado en nuestra experiencia profesional y personal, es -por lo menos para mí- de muy difícil aproximación: el caos.


El CAOS EN LOS MITOS DE CREACIÓN

En la mayoría de las cosmogonías, al principio estuvo el caos. Lo encontramos en escritos tan antiguos como la Teogonía de Hesíodo o la Metamorfosis de Ovidio.
Quisiera traerles unas líneas de estos autores, el primero griego que vivió alrededor del siglo VII a.C. y el segundo romano del año 43 a.C.
Nos dice Hesíodo:
«En primer lugar existió, realmente, el Caos. Luego Gea, de ancho pecho, sede siempre firme de todos los Inmortales que ocupan la cima del nevado Olimpo; y Eros, el más bello entre los dioses inmortales ... »
A su vez Ovidio describe:
«Antes de que existieran el mar, la tierra y esa cobertura de los cielos que se extiende por doquier, la naturaleza ofrecía el mismo aspecto en todo el universo: es lo que los hombres denominaron Caos, masa informe y confusa ... Aunque allí estaban los elementos de la tierra, del mar y del aire ... ninguno de ellos tenía forma definida y cada uno interfería estorbando el desarrollo de los demás ... »

A partir de estas primeras líneas, ambos autores comienzan a describir detalIadamente cómo ese caos comenzó a organizarse transformándose en los principios que dieron origen al mundo tal como lo conocemos. Sin embargo, llama la atención lo poco que se detienen en hablar acerca del mismo. Me atrevería a decir que igual nos sucede en el campo de la psicología. Damos por sentado que hay un caos primordial del que se desprende un proceso de evolución que se desarrolla a lo largo de la vida, pero de este origen muy poco conocemos.
Dice Lewis Spence, el mitólogo escocés del siglo pasado: «Muchos de los mitos de civilizaciones superiores de la antiguedad, de la forma en que han lIegado hasta nosotros hoy, obviamente han pasado a través de una o dos etapas de refinamiento y revisión por las manos de algún sacerdote, poeta o filósofo ansioso de liberar su raza de su supuesta ruda y salvaje historia primitiva".
Spence pone el foco sobre una tendencia a ennoblecer lo humano, que podríamos interpretar como una cierta verguenza de nuestros orígenes que se traduce en represión de los mismos. Nada mas primitivo que el caos que esta inscrito en el inicio de todo. Al reprimir el origen caótico, el caos primordial, lo empujamos al mundo de lo sombrío. Entonces, el caos es sombrío por naturaleza: por lo inconsciente, por ser rechazado, por su poder destructivo y porque siempre está presente.

Quisiera retomar a nuestros autores antiguos, para oir como prosigue su visión evolutiva:
            Nos dice Hesíodo:
« ... Gea primeramente dio a luz al estrellado Urano, semejante a ella misma, para que la protegiera por todas partes, con el fin de ser así asiento seguro para los felices dioses».
En estas líneas de Hesíodo, leemos la importancia que se da a que del Caos surja una sede, un asiento.
Para surgir del caos habría que encontrar un «algo» de donde asirse, podríamos decir que ese «algo» es la contención. La contención es algo que perseguimos desde nuestro nacimiento: la madre -o lo que ésta pueda significar- es el primer container del ser hurnano. El container brinda la posibilidad de que surjan las formas; es el asidero desde el cual puede ordenarse el caos. La contención protege la posibilidad de hacer conciencia. Si no hay container, la  vas alquímica, no hay proceso. Esto lo vemos en los pacientes esquizofrénicos, donde aparentemente, al no estar presente el elemento protector de Gea, como madre positiva, el container se rompe una y otra vez derramando el contenido psíquico. Solo un container permite comenzar a ordenar el caos psíquico y desde allí iniciar un proceso de desarrollo de la psique que permita establecer una genealogía, en el sentido cronológico.
A su vez, continua Ovidio:
« .. .Ia pugna entre los elementos fue a la postre resuelta por un dios. Por una fuerza natural en ascenso, que separó la tierra de los cielos, y las aguas de la tierra y estableció el aire limpio por encirna de la atmósfera más densa. Y una vez que liberó estos elementos, sacándolos de la masa en que confusamente yacían, asignó a cada uno un lugar diferente y los vinculó entre sí con armoniosos y concordes lazos.»
En estas Iíneas, al igual que en Hesíodo, también percibimos la importancia que se Ie da a asignar un lugar desde el cual puede comenzar a desarrollarse algo, pero Ovidio introduce un aspecto nuevo: la necesidad de diferenciar los componentes del caos y de que éstos se vinculen armoniosamente entre sí. En esta vinculación armoniosa de las formas iniciales reconocemos la presencia de Eros.

A partjr de estos orígenes, en esta masa confusa comienza a desarrollarse una transformación. Los diferentes elementos comienzan a diferenciarse y a interactuar, apareciendo una Iínea evolutiva de la cual surge la genealogía del panteón de dioses griegos conocida por todos  nosotros. A muy grandes saltos, podríamos decir que las fuerzas primordiales, sin formas, que se encuentran al inicio de esta cadena, dieron origen a los titanes y éstos a su vez dieron paso a los olímpicos. No cabe duda de que del caos surge una enorme gama de «formas complejas de estructurarse» , que es lo que conocemos en psicología analítica como arquetipos.
Esta línea evolutiva no sólo la encontramos en la mitología, sino también en los terrenos de otras ciencias como la antropología, la biología y, recientemente, en la psicología evolutiva.


LOSHIJOSBASTARDOSDELCAOS

Sin embargo, mi interés es enfocar lo que no se puede reconocer como parte de este desarrollo evolutivo, lo que escapa de una genealogía reconocida -la olímpica.  Son los hijos bastardos del caos. Los que comparten una naturaleza monstruosa y no pertenecen a la estirpe que dio origen a las formas psíquicas conocidas. Son, solo para nombrar a algunos, Coto, Briareo y Giges, los Hecatónquiros, hijos monstruosos de Gea, gigantes dotados de cien brazos y cincuenta cabezas que les habían nacido de los hombros; Equidna, víbora con cuerpo de mujer terminado en cola de serpiente en lugar de piernas, hija de Gea y de Tártaro –el lugar donde reinaban las tinieblas; Tifón, el menor de los hijos de Gea y Tártaro, intermedio entre hombre y fiera, ser monstruoso y alado que despedía llamas de sus ojos, que tenía el cuerpo rodeado de víboras y en lugar de dedos tenía cien cabezas de dragón. Estas son las expresiones “bizarras” de lo humano, lo inhumano de lo humano. Inscritas en principios más reprimidos, que se han hecho sombra, y que cuando aparecen nos resultan extrañas, siempre monstruosas. Expresiones que están enraizadas en lo sin forma psíquica, en lo primario, que quedaron fuera de la fuerza vinculante de Eros.

El caos primordial, en el inconsciente personal, se remonta a esa etapa previa en que el inconsciente aun no puede proporcionar formas de algún objeto o ser real que le den algún sentido a la experiencia, donde reina la ansiedad ontológica del vacío y el sin-sentido. La atemporalidad de la psique implica que permanentemente nos movemos del presente a ese pasado. A lo largo de la vida el caos se presenta una y otra vez. Por más que hayamos avanzado, por más lejos que nos sintamos del mismo, nuevamente aparece. El proceso en que nos desarrollamos no es lineal y no siempre es progresivo. Siempre volvemos al caos. No sólo lo percibimos en la desesperación del recién nacido cuando no se atiende con rapidez su llamada para ser alimentado, sino también en los niños perdidos. Lo vemos en los adolescentes cuando la naturaleza los impulsa a buscar su lugar en el mundo, en los adultos cuando sus relaciones sucumben, enviudan, o cuando pierden su fuente de producción. Lo vivimos en la crisis de la edad mediana cuando la estructura de la psique se sacude y las inferioridades se expresan con toda su fuerza. Lo intuimos en la agonía de los moribundos cuando el cuerpo ya no logra sostener la vida. Somos testigos del mismo cuando nos enfrentamos a la psicosis de nuestros pacientes. Pero también lo podemos experimentar, con diferentes niveles de energía y de expresión emocional, en nuestra cotidianidad.
La conciencia del hombre, está enraizada en ese caos primordial de donde -Deo concedente- se desarrolla nuestra psique. Independientemente de cómo se ha organizado a lo largo de nuestra historia personal, hay partes caóticas de la psique que operan autónomamente, sin relación con la actitud consciente. Son nuestros puntos ciegos. Desde esta referencia, nos debemos preguntar: ¿cuánto caos tiene cada uno? Podríamos decir que tomar esto en cuenta nos acercaría a nuestra vulnerabilidad, y nos permitiría ver el drama humano del eterno regreso al caos primordial, en el que podemos quedarnos atrapados o movernos en el sentido de hacer conciencia. La conciencia del caos es lo que permite que se desarrolle la conciencia del hombre.

Cada vez que surge el caos, las fuerzas del inconciente se están expresando, con mayor o menor intensidad, desde un terreno donde no hay formas. Las existentes, las conocidas, sucumben a ese torbellino que los alquimistas conocieron como masa confusa. Quisiera comentar algunas imágenes que podríamos asociar con sus niveles extremos.
El siguiente es el verbatum de un paciente, quien posterior a una prolongada situación de presión, acudió a consulta por sentir que había colapsado:
«De pronto, apareció un vacío alrededor del cual todo comenzó a girar cada vez con mayor rapidez. No había nada que hacer. No tenía voluntad para oponerme a esa enorme fuerza que fue desprendiendo violentamente todas las ataduras que pudiesen existir. Apareció un enorme remolino, que poco a poco se fue expandiendo, y que fue succionando todo hacia su centro cada vez con mayor fuerza. Luchar contra el mismo producía más y más ansiedad. Dejarme arrastrar despertó una sensación de desintegración inminente».

Para mí fue interesante encontrar un paralelismo de esta descripción en la boca del propio Jung a lo largo de su capítulo Confrontación con el inconsciente del libro Memorias, sueños, reflexiones:
« ... (Comenzó) un estado de desorientación. Me sentí totalmente suspendido en el aire. .. Vivía bajo una constante presión interna, que en momentos se hacía tan fuerte que sospechaba que tenía algún disturbio psíquico ... Sentí miedo de perder el control de mi mismo y sucumbir al control de mis fantasías -y como psiquiatra sabía muy bien lo que eso podría significar... De pronto era como si literalmente hubiese desaparecido el piso bajo mis pies y yo me precipitaba abajo, hacia profundas oscuridades ... Aparentemente yo estaba en la oscuridad absoluta ... Me encontré al filo de un abismo cósmico»

No sé cuántos de los lectores admitirían que han tenido esta experiencia por lo menos una vez en su vida. Pero me atrevería a afirmar que un gran número la hemos experimentado con intensidades diferentes.
Es la vivencia emocional del caos. Confusión y vacío. Sensación de perder la identidad. El caos se origina de una ruptura de las estructuras que nos amparan de la intemperie existencial, detonando un sentimiento de orfandad y una paranoia. La conexión con ese caos primordial disocia la psique; en un determinado nivel, nos psicotiza. Es la activación extrema de nuestro inconsciente desde el cual comienzan a emerger imágenes y emociones extrañas, bizarras, en las que podemos intuir los propios niveles de destrucción. Se experimenta o se padece como una tremenda ansiedad que podríamos relacionar con el miedo que experimentan todos los seres primitivos frente a lo nuevo y a lo inesperado. Podríamos decir que el miedo que acompaña al caos tiene que ver con un instinto de sobrevivencia, no solo en el campo de lo biológico sino en el de lo psicológico, que busca asociar lo disociado, que pretende recobrar un centro, un asidero, el «asiento» del que nos hablaba Hesíodo.

Jung, a partir de su propia experiencia, habló de la activación de elementos arquetipales que aparecían en un intento de la psique que, siguiendo su principio compensatorio, busca poner orden al caos. Esperando que esto no se interprete como una fórmula psicológica -figura muy ajena a nuestra forma de relacionarnos con lo psíquico- quisiera recordar como Jung, a partir de su propia experiencia nos mostró que, si mantenemos una actitud humilde frente al inconsciente, del mismo pueden surgir rituales e imágenes arquetipales que favorecen el proceso de integración progresiva de la psique. Un elemento que esta íntimamente ligado al aspecto creativo que puede surgir de la vivencia caótica. Ahora, ¿qué sucede cuando este principio compensatorio fracasa en su intento de reorganizar nuestra psique?
En la biografía que escribe Stefan Zweig acerca de María Estuardo, encontré una impresionante descripción de la desesperación que vive la reina una vez que traiciona y asesina a su amante presionada por razones políticas:
«Ya no puede más mantenerse en quietud; quiere hacer algo; quiere avanzar de prisa, para sustraerse a todas las voces, a las que advierten y a las que amenazan. Sólo ir mas allá, sólo ir mas allá; no pararse ni reflexionar, pues si no, tendría que reconocer que nada de lo que haga puede ya salvarla. Siempre ha sido uno de los secretos del alma el que la velocidad aturde por corto plazo al miedo, y lo mismo que un cochero. si siente que el puente cruje y se agrieta debajo de su coche, les pega con el látigo a sus caballos, pues sabe que sólo el correr frenéticamente hacia delante puede salvarlo, así María Estuardo azuza desesperadamente, en su carrera, al negro corcel de su destino, para que corra más que toda reflexión, para que aplaste toda protesta. Únicamente no pensar ya en nada; no saber ya cosa alguna; no oír, no ver. Avanzar y avanzar por dentro de la locura. Mejor un fin espantoso que un espanto sin fin
Recordemos a Gea y la necesidad de protección. Durante un encuentro con el caos primordial, la contención, el temenos, es esencial para proteger la integridad de la psique, y del propio individuo. Sin embargo, cuando esta contención no se presenta, los contenidos inconscientes invaden la psique arremetiendo con toda su fuerza, pudiendo sumergirnos en la psicosis o en el mejor de los casos en un estado de posesión. En este estado, el cuerpo es tan sólo un soporte de fuerzas que necesitan ser expresadas. No hay conciencia del mismo. Inicialmente, estas fuerzas permanecen aún en el estado donde todo es pura tensión y acumulación de energía, y es cuando pueden aparecer los aspectos más primitivos y reprimidos de nuestra psique. En ese momento, en que el campo de la conciencia está prácticamente ausente, es cuando los estados de posesión se presentan con toda su fuerza. Podemos ver la expresión de algunos patrones complejos de comportamiento en los que intuimos la activación compensatoria de aspectos organizadores de la psique, que buscan proporcionar las formas que encontramos en la genealogía olímpica. Sin embargo, en muchos otros casos vemos aparecer las expresiones de los aspectos monstruosos y de barbarie de nuestra naturaleza humana. Es el aparecer de los hijos bastardos del caos. Es cuando la crueldad, el sadismo y la destructividad acompañan al caos. Es ruando asociamos al caos con furia, violencia y desmembramiento; con fuerzas irracionales y turbulentas que nos resultan extrañas, y que tienen el poder de destruir nuestra identidad, nuestras estructuras y nuestras formas de ser.

Quisiera recordar que, a lo largo de nuestra vida, el caos -Ia experiencia de la masa confusa- se puede presentar en magnitudes diferentes, la mayoría de las veces de menor intensidad a las que he descrito. En estos casos, el campo de la conciencia, aunque está afectado, no está totalmente invadido, y aunque sabemos que el grado en que se expresan las fuerzas del inconsciente no dependen de nuestra actitud consciente, aparentemente, la actitud con la que nuestro ego se relaciona con estas fuerzas inconscientes, puede facilitar o entorpecer el movimiento de los mecanismos compensatorios de nuestra psique.
En este punto podemos comenzar a reflexionar acerca de un aspecto fundamental en nuestro tema: el de la participación del ego en el proceso de organización del caos. En este contexto me estoy refiriendo al ego como «un complejo funcional que por un lado media entre los contenidos inconscientes y el campo de la conciencia, y por el otro, entre nosotros mismos y nuestro entorno».
Jung apunta a la función mediadora del ego y a su capacidad de diferenciar -podríamos decir que en el mismo sentido en que Ovidio apuntaba a la diferenciación en el caos- cuando, refiriéndose a su propio proceso señala: «lo esencial es diferenciarnos de esos contenidos inconscientes y al mismo tiempo traerlos en relación con la conciencia». Esto se dice muy fácil pero sabemos que, en el trabajo psicoterapéutico, uno de los grandes retos es el tratar de estar conscientes del movimiento de los elementos que surgen de los niveles más profundos de nuestra psique. Permanentemente nos encontramos haciendo esfuerzos para no sufrir el impacto de lo desconocido, y ¿qué hay más desconocido que nuestro propio inconsciente, sobre todo cuando la expresión del mismo se experimenta como un caos?
EI ego permanentemente está tratando de evitar la experiencia del sufrimiento. AI abortar el mismo, paraliza el movimiento de la psique. Es cuando el ego, en lugar de aliarse con el resto de la psique -permitiendo que sus contenidos inconscientes se muevan y se incorporen al terreno de la conciencia- se constituye en un represor. Cuando ésto sucede, inevitablemente interfiere con la posibilidad de que la experiencia caótica se transforme en hacedora de psique.
Edward Edinger, en algunas de sus obras, menciona que el ego puede aparecer como sirviente o como un rey. Representa un enorme esfuerzo tratar de que el ego se mantenga «con la cabeza baja» y que, desde esa actitud, permita que se activen los mecanismos de contención de la transformación que la psique necesita en un momento determinado, EI aspecto servil en lo psíquico está relacionado con Hermes Psicopompo, el único dios servil entre los dioses. que es capaz de conectarnos con los aspectos más profundos de nuestra psique. Cuando por el contrario, el ego se infla, constiruyéndose en el salvador que nos va a rescatar de las amenazas de lo desconocido, puede abortar el proceso, y es entonces cuando el individuo puede resurgir conectado con el poder, que siempre esta disociado del Eros -el principio vinculante.
Desde el poder, no podemos tener la experiencia del caos como un activador de instintos biológicos y psíquicos profundamente creativos. Una vez que el ego experimenta la extraordinaria sensación del «Yo puedo», Ie cuesta renunciar a ella. Nos deja atrapados en una polarización desde donde se hace muy difícil, si no imposible, reflexionar. Podría¬mos decir que esta polarización se convierte en una forma de asirse a «algo» que engañosamente nos protege del caos y de la cual surge la ilusión de un orden. Paraliza nuestra psique, mutilando nuestra vida interior y la conexión con nuestra alma.

Hasta aquí nos hemos referido al caos desde una perspectiva netamente individual. A grandes rasgos nos hemos paseado por las dificultades que entraña la relación con nuestros núcleos caóticos, el mantenimiento de un equilibrio psíquico a lo largo de nuestra vida, y la importancia de que se mantenga un movimiento que permanentemente contempIa la experiencia del sufrimiento. Sin embargo, basándome en lo que ya es un standard en la psicología junguiana: que la psicología de las masas está enraizada en la psicología del individuo, no quisiera pasar por alto la oportunidad de compartir algunas reflexiones acerca de lo que hoy en día estamos viviendo en el colectivo.

Me atrevería a afirmar que nuestra cultura, profundamente racional y positivista, ha sobrevalorado al orden relegando los aspectos irracionales de nuestra naturaleza a los terrenos más profundos del inconsciente.
Desde niños hemos aprendido rutinas y estrategias para lidiar con el caos externo, la mayoría de ellas separadas de los rituales que están enraizados en lo más profundo de nuestra cultura, creando una falsa sensación de absoluta predictibilidad, seguridad y orden en la vida.  Sabemos que en esencia, las rutinas proporcionan un ego externo necesario mientras el niño internaliza un ego que Ie permita la posibilidad de diferenciar, de escoger.  Sin embargo, si vemos a nuestro alrededor, estas rutinas se han venido transformando en camisas de fuerza de un colectivo que, día a día, teme cada vez más la expresión de lo individual, de lo diferente.  Como consecuencia, se paraliza la posibilidad de una relación más hermética con lo desconocido, que inevitablemente consteliza proyecciones masivas de sombra a nuestro alrededor, imposibilitando ver lo monstruosos en nosotros mismos.
Estamos viviendo en un mundo cada vez más desalmado, que día a día pierde más rituales que puedan actuar como reguladores naturales de nuestra convivencia, sometiéndonos a una polarización que cada vez se hace más profunda.  La fantasía de una aldea global, que tanto cacareó la contemporaneidad, se ha desvanecido en una premisa que hoy por hoy rige las relaciones en muchos rincones de nuestra geografía: «O están con nosotros o están contra nosotros».  En esta polarización, la vida de los individuos no vale nada frente a las demandas colectivo loco que ha perdido la conexión con los instintos más primarios, y  que aparentemente sólo reacciona desde y frente al poder.
iCómo nos cuesta aceptar que no hay mucha diferencia entre nuestros ancestros bárbaros, aparentemente muy lejanos, y nosotros mismos!  A pesar de dos guerras mundiales y de siglos de historia de guerras locales, ¡hemos seguido hablando de un mundo civilizado!
En años recientes hemos sido convulsionados por eventos que han repercutido profundamente en nuestro colectivo, rompiendo con el llamado orden mundial y sumergiéndonos en un enorme caos.  Creo que nos llegó el momento e hacer un gran esfuerzo por reflexionar profundamente acerca de la barbarie que nos rodea y quizás, desde allí, poder favorecer la emergencia de los mecanismos naturales que apuntan a una evolución o ser destruídos por los aspectos más primitivos que aún nos acompañan.


Revisado en Bogotá en mayo del 2.011.
eduardocarvallo@gmail.com

viernes, 6 de mayo de 2011

C. G. JUNG / FREUD


En marzo de este año (2010) se cumplieron 100 años de la fundación de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA) de la cual Carl Gustav Jung fue su primer presidente, cargo que ejerció hasta 1.914. 
            Sabemos que a partir del famoso encuentro entre ambos investigadores en 1907 -que estuvo precedido por 1 año de relación epistolar- Jung fue uno de los más cercanos y entusiastas colaboradores de Freud, no sólo en promover la valoración del carácter científico del Psicoanálisis sino en el esfuerzo de integrar el resultado de sus propias investigaciones al mismo y en difundir los resultados exitosos de su aplicación en el trabajo clínico; aspectos que fueron reconocidos por el propio Freud al considerarlo en un momento dado como (cito:) “su heredero espiritual, a quien podría confiársele con total seguridad el futuro del psicoanálisis”.
            Más allá de los datos autobiográficos que tenemos de ambos genios y de los recogidos por sus diferentes biógrafos, las 360 cartas que intercambiaron Freud y Jung a lo largo de los 7 años que duró su relación -publicadas en 1974- nos permiten constituirnos en testigos de excepción no sólo de las discusiones teóricas que ambos sostuvieron sino de la transformación del tono afectivo entre ambos que concluyó en una ruptura definitiva en el año 1.913.
            Tuve que vencer la tentación de dirigir este papel hacia interpretaciones y lecturas de las complejidades que rodearon esta ruptura y preferí orientarlo hacia la evolución de algunos de los conceptos propuestos por Jung a partir de su separación del Psicoanálisis, cuyo desarrollo para la época había llegado hasta la presentación de lo que hoy en día se conoce como primera tópica.




En esta primera tópica, el inconsciente es reconocido como un aspecto de la estructura de nuestra psique relacionado dinámicamente con otros dos: el consciente y el preconsciente.
A partir de ese momento, el inconsciente, tal como se venía reflexionando, toma un giro nuevo al reconocerse su aspecto dinámico.  Ya no es un espacio o una estructura de nuestra interioridad sino que además influencia nuestro comportamiento y mundo emocional aunque no nos percatemos del mismo.
En Psicopatología de la vida cotidiana,  Freud señala:
 "Nuestra cotidiana experiencia personal nos muestra ocurrencias cuyo origen desconocemos y resultados de procesos mentales cuya elaboración ignoramos. Todos éstos actos conscientes resultarán faltos de sentido y coherencia si mantenemos la teoría de que la totalidad de nuestros actos psíquicos ha de sernos dada a conocer por nuestra conciencia y, en cambio, quedarán ordenados dentro de un conjunto coherente e inteligible si interpolamos entre ellos los actos inconscientes deducidos" (Freud, 1901).

 En esta obra, Freud nos va develando como él capta progresivamente que la represión es el mecanismo que prohibe una expresión directa y consciente de los representantes ideáticos de las pulsiones instintivas, condenando los mismos a esa especie de escenario fantasmal que es el inconsciente. Nos dice Freud:
"El psicoanálisis nos ha revelado que la esencia del proceso de la represión no consiste en suprimir y destruir una idea que representa a la pulsión sino en impedirle hacerse consciente. Decimos entonces que dicha idea es inconsciente y tenemos pruebas de que, aún siéndolo, puede producir determinados efectos, incluyendo algunos que acaban por llegar a la conciencia. Todo lo reprimido tiene que permanecer inconsciente; pero queremos dejar sentado desde un principio que no forma por sí solo todo el contenido de lo inconsciente. Lo reprimido es, por tanto, una parte de lo inconsciente." (Freud, 1901)

Este es el inconsciente con el que se encuentra Carl Gustav Jung en el libro Interpretación de los sueños, en 1903, y este es el momento en que Jung aparece en la escena de los estudios sobre el inconsciente.
Jung -un psiquiatra suizo que tenía una sólida formación en el campo de la psicosis al lado de los Bleuler (padre e hijo) y que había cursado estudios con Pierre Janet (quien introdujo la idea de los aspectos disociados de la psique)-  venía desarrollando una investigación acerca de cómo algunos estímulos verbales modificaban el tiempo de respuesta de los individuos objeto de la observación, alejándolos de “la norma” -trabajo que se conoció posteriormente como el “Test de asociación de palabras” y que sería la base para el desarrollo de su concepto de los Complejos.
A los 28 años lee el libro Interpretación de los sueños donde Freud exponía sus primeras aproximaciones al inconsciente dinámico.  El contenido del libro le da a Jung herramientas teóricas para poder explicar los resultados que había obtenido en su trabajo experimental.  Frente a él aparece este espacio que es el inconsciente freudiano, con una dinámica propia, que le permitía explicar el origen de las variaciones que la respuesta de algunas personas podía presentar frente a la respuesta “normal”  que se presentaba sobre el mismo estímulo: eran tanto los contenidos reprimidos como la energía que los acompañaban los que influían prolongando el tiempo de respuesta o proporcionando una respuesta inesperada frente a los mismos estímulos.
Entusiasmado por esta teoría, le escribe a Freud hablándole de cómo sus ideas se adaptan a las observaciones obtenidas experimentalmente, e inmediatamente, el vienés se comienza a interesar por este trabajo experimental que podría fortalecer la base científica del Psicoanálisis, requisito indispensable para que en la época se tomara con seriedad cualquier planteamiento.
Impulsados por este mutuo interés se concerta el histórico encuentro entre ambos personajes en el año de 1907. 
Inmediatamente Jung valora la visión del aparato psíquico desde la perspectiva freudiana y se adscribe a la misma, llegando a ser considerado por el mismo Freud el depositario natural de la posibilidad de mantener y enriquecer al Psicoanálisis.
Sin embargo, a pesar del profundo vínculo que lo unía a Freud, y de ser uno de los principales defensores del Psicoanálisis frente a la cantidad de detractores que tenía para la época, Jung no compartía algunas de las ideas fundamentales del mismo, entre los que se encontraba la idea de que la energía de la psique –la líbido- provenía exclusivamente de la pulsión sexual del individuo.  A medida que pasaba el tiempo, a Jung le costaba más seguir este planteamiento, y  Freud se afincaba más en el mismo.  Muestra de ésto lo encontramos en una carta dirigida a Jung en 1910 –año en que es nombrado presidente de Asociación Psicoanalítica Internacional- en la que le decía: “Mi querido Jung, prométame que nunca desechará la teoría sexual. Es lo más importante de todo. Vea usted, debemos hacer de ello un dogma, un bastión inexpugnable contra la negra avalancha del ocultismo”. (Freud, S and Jung, C, 1974). En relación a esta misiva, Jung comenta que fue la que le hizo saber que más temprano que tarde su relación con Freud estaba llegando a su fin, hecho que ocurrió en 1913, tres años después.

Las líneas de pensamiento que separaban a Jung de Freud, tienen su primer esbozo en un libro que aquel publicó en 1912 titulado Símbolos de transformaciónFreud no toleró el hecho de que Jung plantease ideas que se separaban de su línea original, entre las que se encontraban el que la líbido no tenía que ser exclusivamente de naturaleza sexual, siendo ésta una pulsión más entre muchas otras. La libido supondría la totalidad de la energía psíquica indiferenciada, de manera similar al "elan vital" de Henri Bergson. La energía general de la vida, que subyace a los procesos físicos y mentales del hombre constituyen su libido. La conducta humana no está determinada por la libido sexual de Freud, ni por la compensación del sentimiento de inferioridad de Adler. Sólo existe la "energía vital indiferenciada" que como fuerza motriz de la conducta puede adoptar la forma de persecución del placer sexual, lucha por la superioridad, la creación artística u otros fines. La finalidad de la energía vital es fundamentalmente proporcionar la conservación y la continuidad de la especie humana. Una vez satisfechas las necesidades de supervivencia de origen biológico, la energía vital puede ser canalizada hacia otros fines como las producciones culturales o creativas del sujeto.
En 1914 ya es un hecho irreversible la ruptura entre Freud y Jung por lo que éste renuncia a su cargo de presidente de la Asociación de Psicoanálisis.
Aun cuando las razones de este rompimiento no son nuestro tema -aunque para mí constituye un rico material para reflexionar acerca de la naturaleza y dinámicas de lo humano- si creo importante subrayar que parto de una intuición desde la cual creo que, desde este momento, Jung hizo esfuerzos enormes para desenmarcarse del Psicoanálisis que influyeron los inicios de su propio planteamiento teórico haciéndolos a veces confusos y ambiguos.
Frente a la claridad conceptual que planteaba el Psicoanálisis para la época y, habiendo sido Jung uno de sus principales pensadores y defensores, no debió ser nada fácil comenzar a pensar el inconsciente tratando de no tomar en consideración lo que hasta hacía nada eran sus propias referencias.

Para esta época, para Jung, lo inconsciente per se es, por definición, incognoscible. Lo inconsciente es necesariamente inconsciente— ironizaba. De acuerdo con esto, sólo podría ser aprehendido por medio de sus manifestaciones (en relación a ésto, recordemos que por su relación con el Psicoanálisis, estas manifestaciones serían los sueños, lapsus, actos fallidos y chistes).
 A lo largo de su vida, varias veces hizo referencia a un sueño que tuvo en sus años de adolescente, que lo marcó significativamente y que podríamos relacionar con esta primera posición frente al inconsciente:
“Era de noche en algún lugar desconocido.  Yo estaba realizando una lenta y penosa caminata con un fortísimo viento que venía de frente.  Había mucha niebla alrededor mío.  Tenía mis manos protegiendo una débil llama que amenazaba con apagarse en cualquier momento.  Todo dependía de que yo mantuviese esa pequeña llama viva. De pronto, tuve la sensación de que algo venía detrás de mí.  Volteé y ví una gigantesca figura negra que me seguía.  En ese momento estaba conciente, dentro del terror que sentía, que yo debía mantener viva la llama y alejada de los peligros, a pesar de la noche y el viento”.  (Jung, 1962)

Sigue Jung:
“Al despertar me dí cuenta de que esa figura era un espectro del Brocken, mi propia sombra en las tinieblas, que se ponía en evidencia por la pequeña llama que yo portaba.  También supe que esa pequeña llama era mi conciencia, la única luz que poseo.  Mi propio entendimiento es mi único y gran tesoro. Aunque infinitamente pequeño y frágil en comparación con los poderes de la oscuridad, sigue siendo mi luz, mi única luz. (Jung,1962)

            Cada vez que repito esta experiencia de Jung, me resulta imposible no asociarla con la imagen de la Alegoría de la caverna de Platón y relacionarla con el concepto de los arquetipos como moradores del inconsciente colectivo, además de evidenciar la influencia que Platón tiene en el pensamiento junguiano.
            Quisiera recordar que Platón utilizó el pasaje de la Alegoría para apoyar una explicación metafórica de la situación en que se encuentra el ser humano respecto del conocimiento, explicando de ésta manera su teoría acerca de la existencia de dos mundos: el mundo sensible (conocido a través de los sentidos) y el mundo de las ideas (solo alcanzable mediante la razón) y lo engañosa que puede ser lo que creemos ser la realidad.
            En la misma, el filósofo describe “una gruta cavernosa, en la cual permanecen desde el nacimiento unos hombres hechos prisioneros por cadenas que les sujetan el cuello y las piernas, de forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo de la caverna y no pueden escapar. Justo detrás de ellos, se encuentra un muro con un pasillo y, seguidamente y por orden de lejanía respecto de los hombres, una hoguera y la entrada de la cueva que da al mundo, a la naturaleza. Por el pasillo del muro circulan hombres cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver.”       
 No creo que sería muy descabellado suponer que fue cuestión de poco tiempo el que comenzara a utilizar esta metáfora de la sombra como una realidad psíquica y que a partir de un momento, sustituyese el Inconsciente freudiano por la Sombra junguiana. 

Marie-Louise von Franz -una de las colaboradoras más cercanas de Jung- en su libro Sombra y el Mal en cuentos de hadas -que recoge 2 lecturas que se llevaron a cabo en 1957 y en 1964- nos refiere la siguiente anécdota: Durante una discusión acerca de la Sombra como concepto, Jung le dijo a sus discípulos: “Esto no tiene ningún sentido.  La  Sombra es, simplemente, todo el inconsciente”.  (Von Franz, 1995)
Esta misma forma de conceptualizar la Sombra, se la he oído muchas veces a Rafael López-Pedraza -uno de los más profundos analistas junguianos contemporáneos, formado por los discípulos más cercanos a Jung entre los que se encontraba la von Franz, en la escuela fundada por Jung en Zurich: “Sombra es todo aquello que yo desconozco de mí mismo”, y sin embargo, sabemos que no es la única acepción del concepto utilizada por él.
Para mí, de las cosas más extraordinarias e interesantes que tiene el trabajo desde la perspectiva junguiana, es que a lo largo de un proceso de acompañamiento con un paciente, vemos cómo, a medida que van surgiendo las inquietudes, síntomas, imágenes y sueños, vamos encontrando una correlación directa entre éstos y los conceptos del marco teórico de la Psicología analítica.  De allí mi afirmación, que repito frecuentemente, en relación a que los conceptos junguianos “se ven”. 
Y, en alguna forma, la aparición de los mismos a lo largo del proceso terapéutico, guardan una cierta relación con el orden en que estos conceptos fueron apareciendo en la obra de Jung.  Esta última afirmación la hago con la advertencia de que no sea tomada como una fórmula, ya que en el planteamiento junguiano no hay nada más alejado que las fórmulas que pueden encasillar los procesos o expresión de lo psíquico.  Para Jung, cualquier cosa relacionada con lo psíquico, siempre fue un “suceder”.
Si alguien, que no sepa nada de psicología, viene a una sesión de terapia, no nos quedaría más remedio que decirle, en relación a los procesos que se dan fuera de su control y voluntad, y de los cuales no tenemos ninguna conciencia, que ellos pertenecen al ámbito de su Sombra.
En el libro de von Franz citado anteriormente, ella señala que en la primera etapa de la aproximación al inconsciente, la Sombra no es más que un nombre “mitológico” para todo aquello que, estando dentro de mí, yo no puedo conocer directamente.

Si nos paseamos por la obra de Jung, encontramos como sus planteamientos teóricos fueron revisados una y otra vez.  Un ejemplo de esto lo tenemos en el tomo 7 de sus Obras completas, quizás el que recoge la más rica síntesis de los mismos.  En él encontramos dos ensayos sobre Psicología analítica –de allí su título.  El primer ensayo llamado Sobre la psicología del inconsciente fue publicado por primera vez en 1917 y fue reeditado 5 veces, la última de las cuales fue publicada en 1943.  El segundo Las relaciones entre el Ego y el inconsciente fue publicado por primera vez en 1916 y reeditado 3 veces, publicándose la última de las mismas en 1938.
En este tomo encontramos una definición que hace Jung de este aspecto de nuestra psique: “Por Sombra me refiero al aspecto “negativo” de la personalidad, la suma de todas esas cualidades “displacenteras o incómodas” que nos gusta esconder, junto con las funciones subdesarrolladas y los contenidos del inconsciente personal” (Jung, 1966a).
En esta definición, podemos ver que hay un enriquecimiento y una profundización del concepto inicial, mucho más general, que ya revisamos. En esta segunda aproximación al concepto de Sombra, el autor lo asocia y lo ubica con el nivel personal del inconsciente, pero no lo identifica con el mismo.  Así mismo, nos dice, que encontraríamos por lo menos 3 elementos diferentes en la Sombra:
    • El aspecto negativo de la personalidad que nos gusta esconder (podríamos equivaler este esconder con reprimir).
    • Funciones subdesarrolladas de la psique (recordar el “problema” de la función inferior cuando hace su desarrollo sobre los tipos psicológicos)
    • Contenidos del inconsciente personal, es decir memorias perdidas, percepciones subliminales, ideas dolorosas que son reprimidas u otros contenidos que no han madurado hacia la conciencia.

Sin embargo, sabemos que el concepto de Sombra no quedó aquí. Hoy en día estamos más familiarizados con una aproximación al concepto que surgió posteriormente, al madurar los conceptos iniciales -sobre todo los relacionados con el Ego y el complejo del Ego- en el que la Sombra se ve como una personificación de un aspecto de nuestro inconsciente.
Jung en El hombre y sus símbolos , el libro al que le dedicó los últimos meses de su vida, nos dice:

“Los integrantes de nuestra constitución mental no pueden desarraigarse sin grave pérdida. 
Al ser reprimidos o desdeñados, su específica energía se sumerge en el inconsciente con consecuencias inexplicables.  La energía psíquica que parece haberse perdido, al reprimirse sirve para revivir e intensificar todo lo que sea culminante en el inconsciente, con lo cual me refiero a tendencias que, quizás, no tuvieron hasta entonces ocasión de expresarse o, al menos, no se les permitió una existencia no reprimida en nuestra conciencia. 
Tales tendencias forman una “sombra”. Permanente y destructiva, en potencia, en nuestra mente conciente.  Incluso las tendencias que, en ciertas circunstancias, serían capaces de ejercer una influencia beneficiosa, se transforman en demonios cuando se les reprime.” (Jung, 1966b)


En el libro de la Dra. von Franz mencionado anteriormente, encontramos este pasaje que complementa acertadamente esta nueva visión:
“En Psicología junguiana, generalmente definimos a la Sombra como la personificación de ciertos aspectos de la personalidad inconsciente, que podría haberse agregado al complejo del Ego, pero que por diversas razones no lo están. Por lo tanto, pudiésemos decir que la Sombra es el lado oscuro, no vivido y reprimido del complejo del ego”. (Von Franz, 1995)

Es el Otro Yo del Dr. Merengue, el Mr. Hyde del Dr. Jerkyll. Una personalidad que vive en mi psique, que tiene autonomía propia y que al manifestarse representa los aspectos más opuestos a la imagen conciente que tengo de mí mismo.

Una vez que en el desarrollo de la psicología junguiana se llegó a esta comprensión de la sombra como un aspecto muy particular de nuestro inconsciente personal, con contenidos y dinámicas autónomas y específicas, podemos comenzar a diferenciar otros dos aspectos presentes en el mismo: el terreno de los complejos y el de las imágenes anímicas contrasexuales (anima y animus), que junto a la sombra personal conforman las estructuras contenidas en el nivel personal del inconsciente.

Ya para finalizar, no podemos dejar de mencionar una última aproximación al concepto de sombra aportada por el nivel colectivo del inconsciente: la sombra arquetipal.
Para Jung es un hecho que los seres humanos nacemos con un banco de imágenes vinculados con emociones que escapan de la experiencia personal, que nos permiten “entender”, empatizar y “saber” de situaciones o aspectos de la naturaleza humana aun cuando no nos pertenezcan biológicamente o no las hayamos  vivido en carne propia.  Son el conjunto de posibles patrones de comportamiento y de estructurarnos que tenemos y que conforman el nivel colectivo de nuestro inconsciente.
Decimos que en este nivel del inconsciente colectivo moran los arquetipos.  Las imágenes metafóricas de los mismos nos llegan desde diferentes vías: Quizás las más populares provienen de las divinidades del panteón griego, desde donde podemos identificar patrones que se corresponden a ciertos “esquemas de comportamiento” exhibidos por estos dioses (Apolo, Afrodita, Zeus, Dionisos, Atenea); de la misma forma podemos identificar  arquetipos en roles posibles que se pueden asumir (lo masculino, lo femenino, padre, madre, héroe, sabio) y en manifestaciones posibles de la naturaleza humana: el bien o el mal.
Cuando hablamos del Mal con mayúscula, estamos refiriéndonos a la sombra arquetipal. Ese aspecto no sólo de lo humano sino de la existencia, en el que proyectamos los más terroríficos niveles destructivos y que están presentes en la gran mayoría de las expresiones colectivas de prácticamente todas las culturas, occidentales y orientales, antiguas y contemporáneas. 

Para terminar, quisiera leerles estos párrafos escritos por el poeta americano Robert Bly en su libro Un pequeño libro sobre la sombra humana  que nos dan una magnífica imagen de cómo, en relación a la formación de la sombra, se da el proceso y de sus resultados:
“Cuando tenemos 1 o 2 años de edad, tenemos lo que podríamos visualizar como una personalidad de 360*: irradiamos energía desde todos los ángulos de nuestro cuerpo y de nuestra psique.  Un niño corriendo es un enorme y vital globo de energía. Muy bien, tenemos un globo de energía, pero un día nos damos cuenta de que a nuestros padres no le gustan ciertas partes del globo…Detrás nuestro tenemos una bolsa invisible, y en ella vamos colocando lo que a nuestros padres no les gusta, para conservar su amor.  Para el momento en que vamos al colegio nuestra bolsa ya está bastante larga, y allí nuestros maestros nos enseñan a hacerla más larga aún…Luego vamos al bachillerato y allí son las personas de nuestra misma edad las que nos presionan y el contenido de la bolsa sigue creciendo….Para el momento en que tenemos 20 años de edad, lo que queda del globo redondo de energía, es una delgada tajada.  Imaginemos un hombre alrededor de sus 24, que tiene una delgada tajada de energía –el resto está en la bolsa-  e imaginemos que conoce a una mujer.  Ella también tiene una delgada y elegante tajada que le ha quedado.  Ellos se juntan en una ceremonia y esta unión de estas dos tajadas la llamamos matrimonio.  ¡Incluso uniendo los dos no llegan a hacer una persona!...
Diferentes culturas llenan la bolsa con diferentes contenidos…Nos pasamos nuestros primeros 20 años de vida decidiendo que partes de nosotros mismos ponemos en la bolsa, y nos pasamos el resto de nuestra vida tratando de sacarlas nuevamente.  Algunas veces esto se hace imposible.  Es como si la bolsa se hubiese sellado. Y, ¿qué pasa entonces?...Dr. Jekyll and Mr. Hyde nos da una idea: la parte nice de nuestra personalidad se hace, en nuestra cultura idealística, más y más nice…pero la sustancia que está en la bolsa adquiere una personalidad propia. No puede ser ignorada.  La historia de Stevenson nos dice que la sustancia encerrada en la bolsa, un día, aparece en otro lado de la ciudad.  La sustancia en la bolsa se siente furiosa, y si lo observan, luce como un gran mono y se mueve como un gran mono…La historia nos dice que cuando ponemos una parte de nosotros en la bolsa, ésta sufre una regresión.  Se de-evoluciona hacia el barbarismo…y cuando aparece nuevamente se acompaña de miedo y rabia….Cada parte de nuestra personalidad que no amamos desarrollará una hostilidad hacia nosotros…”  (Bly, 1988)


(Conferencia presentada en Bogotá, el 28 de agosto del 2010)


BIBLIOGRAFIA:

BLY, R. (1988). A little book in human shadow. NY: Racoon Books Inc.
FREUD,S. (1901). Obras completas. Tomo VI. Buenos Aires: Amorrortu editores.
FREUD, S and JUNG, C. (1974). Freud and Jung letters. New Jersey: Princeton University Press.

JUNG, C. G. (1962) Memories, dreams and reflections. New York: Random
House Inc..

------ (1966a) Two essays on analytical psychology. Vol 7 of the Collected Works. New Jersey: Princeton University Press.

------ (1966b) El hombre y sus símbolos. Madrid: Aguilar editores.
VON FRANZ, M-L. (1995) Shadow ande vil in fairy tales. Boston: Shambala Publications Inc

http://www.ipa.org.uk/spa/acerca-de-l-api/historia-de-la-api/

domingo, 1 de mayo de 2011

EL LEGADO DE CARL GUSTAV JUNG

 
Mi interés con esta lectura es compartir una serie de reflexiones acerca de la obra de Carl Gustav Jung, que surgió a lo largo del estudio de los diferentes ensayos y lecturas que conforman las llamadas Obras Completas, del último libro donde participó directamente:  El Hombre y sus Símbolos, y de su autobiografía Memorias, Sueños y Pensamientos. (Nota: Para el momento en que fue escrito este artículo, aún no se había publicado El Libro rojo, obra que será el tema de reflexión en un próximo ensayo).
La obra publicada de Jung abarca prácticamente toda su vida.  Su primer ensayo conocido es “Acerca de la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos” (CW 1) publicada  en 1902 y que constituyó su tesis para optar al título de Doctor en Medicina que le fue otorgado por la Universidad de Zurich, cuando contaba 27 años, y su último escrito, publicado post-morten, fue el capítulo “Aproximación al Inconsciente” del libro El Hombre y sus Símbolos (1979), escrito en 1961 cuando contaba 85 años de edad, y que concluyó pocos días antes de morir.
En su obra vamos descubriendo un cuerpo teórico que se arma pieza por pieza en la medida en que Jung avanza en sus observaciones acerca de la psique, e indirectamente nos va transmitiendo el respeto que sentía por todas las manifestaciones de la misma y va dejando clara una actitud frente a la vida y frente a las manifestaciones de su propio mundo interno.  En relación a estos 2 últimos aspectos, Aniela Jaffé, una de las personas que estuvo más cerca de él, nos dice:
“El resultado de sus estudios emergió de las cautelosas observaciones de los contenidos de la psique – a los cuales él mismo se refería como “hechos”.  Consideraba a la psique como parte de la naturaleza y él se aproximaba a la psique de la misma forma en que se aproximaba a la naturaleza: con el ojo observador del investigador, y al mismo tiempo como “un amante del alma”  (Jaffé 1979: 4).

HOMENAJE A RAFAEL LOPEZ PEDRAZA (Sta. Clara, Cuba, 21 diciembre 1940 - Caracas, Venezuela, 9 enero 2011)


 
A Valerie Heron,
amiga querida,
 e imagen de anima tanto de Rafael como mía.


            Ha muerto Rafael López Pedraza 

La noticia, como tal, no me sorprende pero no me la esperaba tan pronto. La recibo con tristeza y resignación. 
Inmediatamente comienzan a aparecer –como suele suceder en el inicio de todos los duelos- imágenes de Rafael en diferentes escenarios.  Vuelan memorias de Pánaga; de Rafael en una de sus conferencias; sentado frente a mí en una de mis sesiones de análisis con él; parado descorchando una botella de vino; en su mecedora en medio del grupo de supervisión de casos clínicos;  haciéndole un comentario a Valerie quien le contesta divertida; nuestro último encuentro.

No es fácil hablar sobre una personalidad como la de Rafael López Pedraza. Su presencia tenía el efecto de un enorme y complejo caleidoscopio de quien nunca se sabía con qué podía salir.  Tanto podía oír, con un profundo y sincero interés, alguna idea sobre algo relacionado con la psique, como desarmarnos con un evidente y amplio bostezo con el que expresaba su aburrimiento o desinterés acerca de algún tema con el que nos acercábamos entusiasmados. 
Quizás, parte de su complejidad estaba enraizada en la actitud que tenía frente a su vida, que iba de la mano de lo que constituyó su objeto de estudio y fuente de reflexión por más de 50 años: la Psique.